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Manuel Ferrero: «Creo que nací viejo y me voy rejuveneciendo»

Para definir al escritor y narrador leonés Manuel Ferrero, mejor dejar paso a sus palabras: «Soy aprendiz de los pardales, hijo de los árboles y hermano de los ríos. Campana tocando al son de los tambores de la tierra y al ritmo de los rayos del sol. Cuento mis cuentos con vocación de montaña. Como poeta y recitador me afino con las gotas de rocío de la mañana y con el silencio de las estrellas. Mi voz mezcla a partes iguales el misterio de la niebla y la claridad de lo sencillo. Toda mi vida se resume en una palabra: ¡Oh!».

Cuenta este licenciado en Derecho que él no decidió ser cuentacuentos sino que fue algo que le sucedió poco a poco. Cada año se forma con al menos un curso de teatro, pero reconoce que él ha aprendido a narrar de la gente sencilla y se mantiene siempre con el oído atento a lo que dicen. Acaba de publicar nuevo libro, Fuego en la sopa, con la editorial Badibidú.

De qué va tu último libro?

Es una historia lírica y entrañable. Un niño dialoga con una dragona que se encuentra en la sopa. Aprender a vivir las emociones se parece a usar el fuego. Al fin y al cabo, respirar cada instante y disfrutarlo como viene, con lágrimas o risas, es una tarea que se aprende poco a poco. Esa dragoncilla de la sopa tuvo problemas para usar su fuego y ahora le enseña a Daniel a quererse. El animal y el niño se parecen. Daniel no sabe qué hacer con su euforia y la bicha tiene que aprender a usar el fuego para no quemar las barbas de la gente. ¿Aprenderán algo juntos? ¿Se harán amigos?

¿Cómo surgió esta historia?

Un niño en un cuentacuentos dijo que la alegría no le gustaba, que cada vez que se reía rompía algo o le reñían. Eso me hizo pensar la obsesión que tiene la gente por la felicidad aparente. Me inspiró el cuento. ¿Qué es ser feliz? ¿Qué es la alegría? ¿Existe una alegría más allá de las lágrimas y las risas? El cuento contesta de modo alegórico estas preguntas. Es una respuesta abierta. Permite que cada cual saque sus conclusiones por sí mismo o incluso que no saque ninguna.

Luego la suerte quiso que Lidia Iris Masferrer Oncala, la ilustradora, me pidiera un cuento y le gustara. Es una fortuna encontrar gente tan bonita y con tanto talento.

¿Qué te aporta el ser cuentacuentos?

Es una oportunidad de vivir el trance en equipo. La palabra es un diapasón de corazones. Me afina y espero que afine a los demás. Me ayuda a danzar con el silencio. Las historias son metáforas de la vida y la muerte, nos ayudan a aprender y a caminar.

¿Qué sientes al ponerte delante de una veintena de niños y niñas que te escuchan?

Quien dice 20 dice 40, 100 o 600.  Varias veces en mi vida he contado para grupos muy, muy numerosos. No es tanto el número (pequeño o grande) es la vocación de compartir un modo de mirar. No importa si son niños o adultos, el impulso que nace es el mismo, servir a la memoria de lo esencial. Aquello que está mas allá de las palabras y que a veces se comparte como presencia y respiración. Recibir y dar se mezclan; uno recibe cuando da una historia, de tal modo que se pierde la noción de quién da y quién recibe.

Hablando de escuchar, ¿cómo se consigue en época de tablets que los niños te escuchen?

No lo sé seguro. No me esfuerzo en logarlo. Simplemente estoy disponible para el que quiera escuchar y respeto al que no quiera. Todo tiene su momento y no es bueno imponerlo. Lo que suele pasar es que, si yo estoy a gusto y disfrutando, favorezco que se abran a la escucha. El mar suele calmarse cuando se calma la gota, aunque contar no son matemáticas exactas.

¿Cuáles son las historias que más te gustan?

No tengo preferencias. Algo me gusta y ya está, tal vez me llama la atención la épica. Aquellas historias que son exageradas, desmedidas y poéticas. Siento simpatía por los sastrecillos valientes, aquellos que después de matar moscas con un cinto se ven capaces de derrotar gigantes.

Muchos de tus cuentacuentos terminan con una moraleja. ¿Intentas siempre transmitir algún valor en tus historias?

No quiero transmitir valores y vigilo mucho la pedagogía invisible, lo que se transmite sin querer. Quiero ayudar a encontrar el valor. Se parece a tener valores, pero no es lo mismo. Cada persona tiene una visión de lo que es un valor y a lo largo de los tiempos, algunos valores se caen y otros crecen. Me apetece que mis cuentos hagan preguntas sobre lo que es valioso y que eso permita que cada cual vea lo que es valioso. Evidentemente, por mucho que trate de ser neutro, soy humano y veo el mundo desde mis ojos pequeños.

¿De qué valores estamos más necesitados en la sociedad?

Aunque mi intención no es moralizar, reconozco que, en nuestro tiempo, siempre desde mi propia visión, hace falta compasión (que no soberbia salvadora), respeto al medio ambiente, sentido de comunidad, capacidad de tener palabra, modificar los conceptos de éxito y valentía para salir de la comodidad de ser consumismo en vez de persona.  Si bien estas son mis ideas, y sin duda atraviesan mis cuentos, trato de expresarlas abierto a que hay otros modos de ver el mundo. Al fin y al cabo, este es un mundo lleno de mundos, tantos como personas. ¿Quién soy yo para decir que lo que cuento es una gran verdad y no una bobada? Estoy abierto a que mis cuentos se reciban en contra de lo que yo pienso. Eso me hace crecer y aprender. Siempre hay que contar con el público, no contra él. Sólo en contadas ocasiones he contado algo a sabiendas de que podía molestar en un auditorio y cuando lo he hecho es porque creía que era necesario decirlo. Antes era mas cañero. Ahora cada vez busco más afinarme y crear puntos de encuentro con mis historias. Siempre los hay.

¿Qué nos enseñan los niños al respecto?

Los niños enseñan sinceridad y autenticidad. Nos recuerdan que lo importante, lo que puede ser grande, empieza por lo mas pequeño, por los pequeños detalles. (Más a veces es menos). Algo en su sitio y hecho por el surco, tiene mas impacto que mil cosas fuera de lugar.

Vuelve un poco la vista atrás al momento de tu infancia. ¿Cómo era el niño Manuel Ferrero?

Creo que nací viejo y me voy rejuveneciendo. Siempre fui en exceso responsable y muy medido. Pensaba mucho cada cosa, pero al final lo impulsivo me podía. Era una especie de caballo desbocado, a ratos muy sesudo y a ratos inesperado. Muy eléctrico y con ideas de perro bombero. ¿Por qué no vuelan las gallinas? Subámoslas al tejado y echémolas a volar para ver qué pasa.  Claro, a resultas de eso, muchas de ellas cojeando. Menos mal que estaba mi hermano allí, sino pobres gallinas.

¿Qué historias te inspiran?

Las que responden a preguntas profundas aunque sean historias simples.

¿Qué libros lees?

Últimamente me ha dado por Pérez Galdos. Me encanta leer cuentos tradicionales de distintos lugares del mundo.

¿Nos recomiendas alguno?

Por cuatro esquinitas de nada, de Jerôme Ruiller (Editorial Juventud), Leonino, de Emma Sánchez Varela y Rubén Mielgo (Editorial Lobo Sapiens), Pedo, de Rocío García Tomás y El gato Maragato, de Mercedes González Rojo (Editorial Lobo Sapiens), por citar unos pocos y muy diferentes unos de otros.

¿Cómo ves León como ciudad para niños?

Muchos coches. Una ciudad diseñada para los coches. De niño salía a jugar solo por mi pueblo (Ciñera). Creo que los diseños de las ciudades no piensan en las personas y no tienen en cuenta a los niños y niñas. Quiero que haya más bosques, regueros y sebes y menos cemento. Parque no es sinónimo de bosque, es como tomar café descafeinado, se parece al café, pero no es café.

¿Qué le falta?

A León no le falta nada. Es bonita. Lo que no quita para que se pudieran poner en valor zonas abandonadas tras la burbuja inmobiliaria y plantar allí árboles del país, lavanda, tomillo, té, etc. Esas zonas nadie las limpia y suele pasear mucha gente por ellas.

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